Cuando sabes que no puedes ser indiferente
Eduardo Acuña
Quisiera que este mini texto sirva de transición entre el tema y yo, también quisiera dejar el tono lastimero que me ha sido compañero estos últimos días, retomar la habitual ironía que me acostumbra y conducirme por caminos reflexivos que me son más familiares, sin que ello signifique olvido ni indiferencia para con los personajes y circunstancias que intervienen en esta historia.
Me llenó de un afecto y congoja singular el conocer a N. un interno del Centro de Salud Mental, digo afecto porque bien podría tener la edad de mi Padre, aproximadamente 60 años y digo congoja por las circunstancias. Para graficarles un poco, este tipo de enfermedades o trastornos psicológicos no distinguen condición, creencias, etc., etc.,….sin mencionar las condiciones paupérrimas en las que se encuentra el centro de Salud Mental…. es decir N. y este es el punto podría ser perfectamente, tu Padre, tu Abuelo, tu Hermano, podrías ser Tu en algunos años más y es entonces cuando tu perspectiva cambia.
Sabes que no puedes ser indiferente y que te afectó cuando al día siguiente no puedes despegar los ojos de la tele. Con pavor, con miedo, con morbo, zapeas todos los canales o buscas en internet para saber a cuánto se ha incrementado el número de personas con esquizofrenia u otros trastornos.
Sabes que no puedes ser indiferente y que te duele cuando la piel se te pone de gallina al ver en la pantalla decenas de hogares convertidos en un boceto de familia; o cuando compruebas que tu mamá, tus hermanos y tus sobrinos están a tu lado, con una vida sana, mientras a solo 20 kilómetros de tu casa la indiferencia ha levantado su campamento.
No sé si les pasa, pero en estos días ha habido momentos en que me he sentido culpable de estar tan vivo, gozar de buena salud, de que en mi casa y en mi cuadra vivan personas felices (me lo pregunto si lo serán en realidad), de que solamente haya sido una mala pasada de mi sentimentalismo cojudo. Suena estúpido, pero cual si se tratase de un terremoto a 20 kilómetros, me gustaría ver alguna rajadura seria en el techo, me gustaría tener siquiera un rasguño en el brazo para no pensar en lo injusto que termina siendo esta realidad, que pulveriza la existencia de unos, damnifica la realidad de otros y nos deja a salvo a muchos, ajenos al drama real, temiendo apenas réplicas menores.
Aunque ahora que lo pienso, quizá sea esa la irónica manera en que la vida nos golpea a los sobrevivientes (de este metafórico terremoto): dejándonos ver el horrible espectáculo de su furia, convirtiéndonos en un impotente auditorio lleno de egoísmo.
No sé si les pasa, pero en las últimas horas he recordado todos los paseos familiares con mi Papá, mi Abuelo, todas las fotos que allí tomé, o incluso las escapadas con amigos, en un viaje mental sin más propósito que la obligada imposición de la carga de conciencia.
Sabes que la indiferencia te cuelga como un cartel en el rostro cuando aceptas que para muchos como a N. la vida no volverá a ser la misma, y cuando tienes clarísimo que nunca olvidarás dónde estabas cuando alguien como N. te necesitaba.
Hoy, algunos días más tarde, escribo esto sin tener muy claro por qué. Me sentiría medio imbécil de seguir participando en CREARTE en estas circunstancias, y no tomar real conciencia de lo que significa el egoísmo humano, supongo que estas líneas son la solitaria constatación de que, seguramente como algunos de ustedes, me siento profundamente triste pero que perseverar en este sentimiento solo me haría, mas parte del problema que de la solución .
*Texto: Eduardo Acuña, Fotos: Alfredo Velarde